¿El fin del trabajo?

El ex secretario de Trabajo Robert Reich verbaliza su apoyo a una renta básica universal la semana pasada, calificando la propuesta de “casi inevitable” ante la pérdida del empleo inducida por la tecnología.

En una importante victoria de una campaña de larga duración, los conductores de camiones del puerto de la compañía Pacific 9 Transportation en California han ganado el derecho a ser considerados empleados bajo la Ley Nacional de Relaciones del Trabajo, y para formar un sindicato.

Esa decisión, tomada por la región 21 de la Junta Nacional de Relaciones Laborales , en la que los camioneros habían sido incorrectamente clasificados como “contratistas independientes” viene después de meses de acciones continuas, incluidas huelgas, realizadas por los camioneros portuarios. Se da en una industria donde los trabajos sindicados fueron la norma hasta la que desregulación convirtió a todos los trabajadores en “autónomos”. Encontraron rápidamente que la autonomía no trajo mucha libertad, ya que todavía tenían sus horarios y condiciones de trabajo dictadas por la empresa para quién trabajaban, pero sí comportaba un precio. El coste del gas, del mantenimiento de los camiones y de las licencias pesó sobre sus hombros en lugar de en los de sus empleadores.

Es en este contexto que estoy pensando en el “fin de los trabajos tal como los conocemos”.

Este miércoles asistí a una conferencia con este título provocativo de la Fundación Open Society, y yo siempre he estado reflexionando sobre la idea.

En 2011, escribí en AlterNet que un futuro más allá de los puestos de trabajo, en el que todos trabajaremos menos, solía ser un objetivo principal del movimiento laboral de EE.UU. Más libertad, menos producción para su propio bien, en realidad crearía un mundo más sostenible. (Alyssa Battistoni hizo convincente este argumento recientemente en Jacobin). La reducción de la cantidad de horas trabajadas por cada persona ayuda a distribuir mejor los trabajos entre las personas que aún no cuentan con ellos, como el economista Dean Baker ha sostenido en repetidas ocasiones.

Pero me di cuenta de que ir más allá de los trabajos necesitaría abordar las cuestiones de la desigualdad y la concentración del poder en manos de los ricos. Por el momento, el “fin del trabajo” ha significado un alto desempleo sostenido y bajos salarios, no más libertad. La desaparición de empleos en Estados Unidos tiene mucho que ver con el poder del capital global para moverse donde y cuando quiere, y la capacidad, después de la crisis, de las empresas de exprimir más y más la productividad de los pocos trabajadores que mantienen, ya que lo hace con tecnologías que hacen que determinadas profesiones se vuelvan obsoletas. Y la aparición del trabajador “autónomo” tiene al menos tanto que ver con el deseo de las empresas para tener una fuerza de trabajo de fácil-contrato, fácil-despido y just- in-time (como escribí con más detalle recientemente) que absorbe – como hacen los camioneros portuarios – la mayor parte de los costes de mano de obra, como lo hace con los trabajadores que simplemente disfrutan de la libertad de no tener un jefe. El poder es una fuerza tan o más grande que la tecnología en la configuración del actual panorama laboral.

Un adelanto del 2014. La economía ha mejorado sólo ligeramente. El desempleo sigue siendo alto, y los puestos de trabajo que existen son a menudo de bajos salarios y de tiempo parcial. Desde 2011, hemos visto no sólo Occupy sino también el surgimiento de un movimiento en Walmart y de los trabajadores de comida rápida exigiendo mejores salarios y, a menudo, más horas, para que puedan llevarse a casa una paga a tiempo completo. Un movimiento en favor de horarios menores no se ha materializado, ni tiene un programa de empleo significativo, a pesar de las promesas de un acoplamiento bipartidista de los políticos. El salario mínimo ha aumentado en algunos estados y ciudades, pero los trabajadores siguen luchando, y los parados de larga duración han visto sus subsidios recortados por un Congreso que continúa peleándose acerca de si se pueden o no pagar las facturas.

Los puestos de trabajo aún no se han terminado o vueltos todos obsoletos. Sin embargo, y sin lugar a dudas, están cambiando. La investigación de Kelly Services (que, al ser una empresa de trabajo temporal, sin duda tiene un gran interés en el tema) encuentra que el 44 por ciento de los trabajadores en los EE.UU. se clasifican a sí mismos como “agentes libres”. Según la Unión de Autónomos, 42 millones de personas son trabajadores independientes. El propio trabajo de tiempo completo no es más que un desarrollo relativamente reciente en la historia humana, que abarca un par de cientos de años más o menos, y la expectativa de que un trabajo sea “bueno”, pagando un salario digno y con prestaciones de asistencia sanitaria y cotizaciones para la jubilación, con apoyo sindical y algo de seguridad, es un desarrollo histórico peculiar de la era del New Deal en los Estados Unidos, una era que está casi sin lugar a dudas acabada.

El poder creó esa época, el poder de los trabajadores organizados en sindicatos para exigir mejores condiciones. Pero los jefes, vale la pena señalar, nunca dejaron de intentar desmantelar el acuerdo. Desde la Ley Taft -Hartley de relaciones laborales de 1947, los conservadores han estado presionando para limitar el poder que los trabajadores obtuvieron por la NLRA en 1935, y la conversión de puestos de trabajo decentes en contratos temporales sin seguridad debería con razón considerarse en ese contexto. Los conductores de camiones del puerto en Pacific 9 y en otros lugares se dan cuenta de que a pesar de las promesas de libertad y liberación, tienen más poder cuando su relación con el jefe es explícita y cuando pueden actuar juntos como un sindicato.

Deberíamos considerar cuidadosamente lo que viene después, si nos convertiremos en autónomos de gama alta saltando de contrato en contrato, desdeñando un trabajo a tiempo completo, o más probablemente, una mayor fragmentación en los trabajos a destajo que vemos en los espacios digitales como Mechanical Turk de Amazon, y la conversión de los antiguos empleos de tiempo completo sindicalizados como los de los camioneros del puerto o de fabricación de automóviles en contratos de autónomos de baja seguridad o trabajos temporales. Moshe Marvit escribió en The Nation sobre los “trabajadores en masa” de Amazon que realizan las pequeñas tareas que están “ayudando a alimentar las partes de Internet que la mayoría de nosotros damos por hechas”, y que se les paga una miseria por su trabajo.

Se culpa a menudo a la tecnología de desplazar a los trabajadores y de eliminar puestos de trabajo. Quienes la culpan a veces tienen razón, como cuando los supermercados implantan sistemas de autopago o los puertos automatizan la carga del transporte. Y sin embargo, la historia de los “turcos mecánicos” es una buena advertencia para aquellos que asumen que todos los puestos de trabajo están desapareciendo en el espacio mecánico. Uno no tiene que ser un ludita para señalar que muchos puestos de trabajo, -incluyendo algunos, como los realizados por los turcos mecánicos, que nosotros creemos que están totalmente automatizados- se están haciendo todavía por la gente, ya sea porque no tenemos la tecnología para hacerlos todavía, o porque esas personas siguen siendo más baratas que las máquinas. Que los empleos estén desapareciendo por buenas razones -porque, simplemente, no son socialmente necesarios- o porque están siendo fragmentados, transformados a temporales o trasladados a los trabajadores autónomos, no son procesos que estén sucediendo fuera del control humano, sino más bien a causa de él.

Carl Benedikt Frey del Programa Oxford Martin sobre los impactos de la tecnología del futuro fue el orador principal en el evento del miércoles. Su estudio reciente, con Michael Osborne, encontró que casi la mitad de los empleos en Estados Unidos están “en riesgo de informatización”. Estos incluyen puestos en una amplia variedad de sectores, desde el transporte a la industria de servicios.

Los puestos que son menos propensos a ser automatizados, según este estudio, son los que se basan en la “inteligencia creativa y social”, por ejemplo, la enseñanza preescolar. Y concluye: “Para que los trabajadores ganen la carrera, sin embargo, tendrán que adquirir habilidades creativas y sociales”.

¿Qué es la inteligencia social, sino otra palabra de lo que el sociólogo Arlie Russell Hochschild llamó “trabajo emocional”? Y ese trabajo emocional se ha devaluado y, de hecho no se considera una habilidad en absoluto, en gran parte porque ha sido realizado por las mujeres. Un estudio encontró que los “empleos de servicios interactivos”, que incluyen los trabajos de cuidados y de servicio, se les paga menos , incluso si se tienen en cuenta los niveles de educación, la tasa de sindicalización, la habilidad cognitiva y física, y la cantidad de mujeres que realizan el trabajo.

¿Si esos puestos de trabajo cualificados-sociales son los únicos que nos quedarán, vamos a aprender a valorarlos más? ¿O no será ésta una excusa más para pagar a los trabajadores menos? La pregunta, al igual que la cuestión de lo que es una habilidad en primer lugar, es una sobre el poder.

El final de los trabajos no tiene por qué ser una pesadilla distópica. Hay algo de verdad en el panorama color de rosa pintado por Kelly Services acerca de la fuerza de trabajo “autónoma”. Yo una vez dejé un trabajo a tiempo completo para ser una profesional independiente, y disfruté de la experiencia: escribir para una variedad de clientes, aprender de nuevos editores, definir diferentes estilos, trabajando cuando yo quería. El placer llegó a su fin, sin embargo, cuando un cliente que me debía lo que equivale a más de dos meses de mis ingresos no me pagó durante varios meses, y disponía de pocas opciones financieras. Necesitaba una manera de pagar las cuentas si no lo conseguía a través del trabajo, y nuestra llamada red de seguridad social actual no ofrecía ninguna. Sigue estando diseñada, como señala Sara Horowitz de la Unión de Autónomos, para una fuerza de trabajo que tiene empleos a tiempo completo con subsidios. Y eso nunca fue para todos, para empezar.

Las mujeres, los trabajadores negros y los inmigrantes se quedaron en su mayoría fuera de ese diseño en primer lugar; pero ocurre que las condiciones en los sectores en los que suelen trabajar (trabajo temporal, sin protección laboral, puestos de trabajo informales) nos han atrapado al resto. Esto significa que en lugar de aferrarnos a una red de seguridad que fue diseñada para cabezas de familia varones blancos en puestos de trabajo en fábricas, necesitamos un sistema diseñado para trabajadores que están trabajando menos, lo hacen desde casa o desde la cafetería del barrio, y donde se tiene en cuenta la posibilidad del recurso humano a la demanda tanto como su habilidad cognitiva o su fuerza bruta.

Se habla mucho estos días sobre una renta básica universal; el ex Secretario de Trabajo Robert Reich la respaldó la semana pasada en una charla en la State University de San Francisco, a la que calificó de “casi inevitable” ante la pérdida de trabajo inducida tecnológicamente. Una renta básica serviría como algo más que una red de seguridad en tiempos difíciles – sería una línea firme por debajo de la cual nadie, empleados o desempleados, cualificados o no, podrían caer. Y quizás lo más importante, ayudaría a los trabajadores que mantienen puestos de trabajo (o trabajos temporales) a aumentar su poder de negociación, dándoles la opción de salir en lugar de aferrarse a un trabajo para no desesperarse.

Eso implica una gran redistribución de la renta, por supuesto, y necesitará de un gran poder político para llevar una idea así a la realidad. El poder político de los trabajadores ha llegado en el pasado y llegará en el futuro a través de la organización de los trabajadores – en particular, como ha sido el caso de los camioneros del puerto, organizándose por fuera de la antigua estructura de la NLRB. Hizo que los trabajadores se unieran para desafiar la idea de “libertad” de sus jefes para ganar un salario justo en los puertos, y hará que los trabajadores se unan de forma masiva para conseguir realmente cierta libertad.

Junto con esa idea de la libertad, es el momento de considerar una llamada una menor duración del trabajo – una redistribución del trabajo y el ocio junto con la redistribución de la riqueza. Habrá siempre algo de trabajo que no se puede automatizar a distancia, y gran parte de ese trabajo, como encontraron Frey y Osborne, probablemente se basará en las habilidades sociales que se ha asumido que son dominadas por las mujeres. Si no queremos un mundo donde las mujeres realizan la mayor parte o la totalidad del trabajo por poco dinero, vamos a tener que empezar a valorar más las habilidades sociales, y asegurar que los trabajos que las exige son realizados por todos.

Pero lo más importante, debemos trabajar para asegurar que un futuro sin trabajo es un futuro en el que todos lleguemos a gozar de los beneficios del tiempo libre.

Fuente: SinPermiso

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